Las bebidas azucaradas

Siguiendo el hilo el blog anterior, vamos a hablar de otro producto azucarado que también se ha colado inocentemente en nuestros hogares: las bebidas azucaradas. A este respecto, al igual que sucede con los dulces, se suele dar a los niños todo tipo de bebidas azucaradas, zumos, refrescos, etc. mientras que reservamos para los adultos las bebidas light o sin azúcares añadidos.

Pero ¿hay relación entre las bebidas azucaradas y el sobrepeso? ¿qué sabemos de esto?

En 2013 se realizó ‘una revisión sistemática de revisiones sistemáticas’ sobre estudios que investigaban la relación entre la ingesta bebidas azucaradas y la ganancia de peso (1). Las revisiones sistemáticas son análisis en las que se examinan estudios comparables entre sí desde un punto de vista estadístico. Por ello, las conclusiones que afloran tienen una evidencia mayor.

Pues, en este caso, tenemos una ‘revisión de revisiones’ (lo que nos aporta unas conclusiones aún más plausibles) que investiga si hubo conflicto de intereses en los estudios sobre bebidas azucaradas y la ganancia de peso. Es decir, no se revisan los resultados, si no los conflictos de intereses y su relación con los resultados publicados.

De las 405 revisiones potencialmente elegibles, se extrajeron 18 conclusiones (con 17 revisiones comparables) y que son:

  • De 6 revisiones que presentaban conflicto de intereses con la industria, solo 1 reportaba una asociación positiva (las bebidas azucaradas no engordan) y 5 una asociación negativa (es decir, la ingesta de bebidas azucaradas no engorda).
  • De 12 que no presentaban este conflicto, 10 reportaban una asociación positiva (es decir, la ingesta de bebidas azucaradas sí hace ganar peso) y solo 2 una asociación negativa.

La conclusión es que tener un conflicto de intereses hace que se tenga 5 veces más probabilidad de obtener una asociación negativa.

Y ¿cómo se puede obtener este sesgo? Pues, si tienes interés en un determinado resultado puedes jugar con el diseño del estudio, análisis o interpretación de los resultados.

Los autores concluyen que los estudios realizados por cuenta de la industria (es decir, con conflicto de interés) son muy útiles, de todas maneras, pues realizan investigaciones sobre los diferentes productos lo que favorece el conocimiento científico.

Pero, y aquí está el kit de la cuestión, es la política sanitaria la que debería saber qué conclusiones tomar en consideración y cuáles no, pues ellos tienen la responsabilidad de la salud pública.

Justamente delegamos nuestra confianza en las decisiones políticas de turno o en cargos administrativos, científicos o universitarios relevantes que también pueden llegar a sobornarse, lo cual no nos da ninguna garantía de imparcialidad. Y, como dijimos en el blog anterior, una vez convencido el sector sanitario y la opinión pública de que algo es bueno o malo, vaya Usted a cambiarlo.

Mi reflexión añadida es que afirmar que las bebidas azucaradas (sean zumos, refrescos, etc.) no tienen relación con la ganancia de peso no tiene en sí ninguna plausibilidad biológica. Si analizásemos la influencia de una cucharadita de azúcar tomada en el café del final de una comida equilibrada, podríamos esperarnos resultados diferentes pues el índice glucémico de estos 5 g de azúcar acabaría reduciéndose al ser ingerido conjuntamente con proteínas, fibra y grasas. También la podríamos admitir al final de un entrenamiento intenso o moderado, pero si el consumo de bebidas azucaradas se realiza lejos de las comidas o entrenamientos intensos, el azúcar interrumpe la utilización de los cuerpos cetónicos como sustrato energético, aumenta los niveles de insulina y con ello la formación de grasa.

Volviendo a nuestro artículo, la potente industria de los refrescos goza de una posición inigualable, pues ofrece productos hacia los cuales las directrices sanitarias solo desaconsejan su abuso, permitiendo una ingesta esporádica. Increíble.

Y si nos pasamos a las bebidas sin azúcares añadidos o endulzadas con edulcorantes artificiales ¿estaremos libres del fatídico sobrepeso? La respuesta es sí, pero no.

Como ya hemos mencionado otras veces, no somos material inorgánico y resulta que, más allá de las calorías, el propio sabor dulce activa determinadas vías metabólicas con sus consecuentes efectos en el organismo. Pero ya hablaremos de los edulcorantes en otro artículo, en el que también podríamos ahondar en los productos dulces ‘sin azúcares añadidos’.

Ahora sigamos profundizando sobre nuestras creencias sobre al azúcar y hablemos del sabor dulce en general, incluyendo los edulcorantes y a todos aquellos azúcares sencillos que se añaden a los productos alimentarios con el fin de aumentar su palatabilidad. Me refiero al azúcar invertido, la dextrosa, glucosa, maltosa, maltodextrinas, jarabe de glucosa, de maíz, etc. También está la fructosa y la levulosa, cuyo efecto es aún más dañino que el de la glucosa y la sacarosa, como comentábamos en este otro post.

La adicción del sabor dulce

Todos hemos probado esa sensación incontrolable de empezar a comer algo dulce con la idea de ingerir una pequeña cantidad (solo 2 galletas o solo una chocolatina…) y acabar por comer bastante más, llegando incluso a la idea de que es mejor comer todo el envase y quitárselo del medio, pues sentimos que nuestra mente no puede estar en paz sabiendo que hay ese dulce en la despensa. Además, esto nos sucede incluso sin hambre, es decir es un proceso que va por otra vía.

¿Nos hemos parado a pensar que esto no sucede con los alimentos salados? Tampoco sucede con los alimentos naturalmente dulces, como puede ser la fruta. Pero entonces ¿por qué nos pasa con el dulce?

El sabor dulce nos atrae por qué desde cuando éramos cazadores-recolectores las fuentes de azúcar eran de gran valor energético, al ser escasas y encontrarse solo en las frutas (y en su temporada). La cuestión es que conservamos los mismos genes y la misma señalización hormonal y nerviosa.

Según los actuales estudios de neurociencia (3) cuando el cerebro humano prueba el azúcar entra en ‘modo supervivencia’, lo que activa una señal que es ‘come todo lo que puedas, mientras puedas’, es decir, no podemos parar. Además, los alimentos altamente palatables (y la adicción a las drogas) son capaces de influir en el sistema dopaminérgico el cual está involucrado en la recompensa hedonista (4), aspecto que la industria conoce muy bien. También influye en las concentraciones de grelina y leptina induciendo el cerebro a seguir comiendo. Por ello, por la noche siempre encontramos anuncios de dulces adictivos, como el chocolate (que es un alimento diferente respecto al cacao) que nos dicen ‘que merecemos comerlo’, como premio al trabajo y estrés vividos durante el día.

De ahí la oferta infinita de productos ultra procesados, altamente palatables y debidamente enriquecidos con azúcares varios, que constituyen el producto irresistible que no puedes no comprar y que una vez en casa no puedes parar de comer. Cuando estamos en la cola de un supermercado para pagar, nos vuelven a proponer dulces y chocolatinas. Es decir, si se da la casualidad que has logrado resistir a la tentación de los packs familiares, no te preocupes, aquí te ofrecen packs pequeños, para que algo dentro diga: ‘menudo día llevo; seguro que una chocolatina me la puedo permitir, por qué además me la merezco’. Y así alargamos el brazo y ¡zac! ¡hemos picado!

La verdad es que los negocios de este sector han ido bien:

  • En los años 60 se empezó a acusar a las grasas de ser la causa de las patologías cardiovasculares liberando a los azúcares de cualquier responsabilidad.
  • Las guías nutricionales admiten su consumo limitándose a sugerir que sea moderado y ocasional
  • Los profesionales de la salud insistimos sobre todo en que se coma poca grasa saturada, mientras que no nos preocupamos de la adicción al sabor dulce
  • Los lineales de los supermercados, así como la distribución de su superficie, están detalladamente estudiados para hacernos comprar lo que nos quieren vender.

Ahora entendemos por qué falla la adhesión hacia los cambios de estilo de vida. Más de un sanitario (5) ha propuesto tratar el azúcar al igual que el alcohol, es decir subir sus impuestos, reducir la publicidad y tratarlo como un producto adictivo, pero el discurso todavía no ha calado.

Hace unos años la OMS ofreció una nueva catalogación de los alimentos en base a su grado de procesamiento y, desde este punto de vista, el azúcar blanco así como los azúcares añadidos o los edulcorantes deberían reducirse al ser alimentos refinados y, en algunos casos, ultraprocesados.  Pero todavía sigue en el aire la falsa creencia de que el azúcar es inocuo para la salud y que lo comemos por gusto y no por adicción.

Bibliografía consultada:

1.- Bes-Rastrollo M, Schulze M, Ruiz-Canela M, Martinez-Gonzalez M. Financial conflicts of interest and reporting bias regarding the association between sugar-sweetened beverages and weight: a systematic review of systematic reviews. 2013. PLOS Medicine. December 2013, vol 10, issue 12, e1001578

2.- Wiss DA, Avena N, Rada P (2018) Sugar Addiction: from Evolution to Revolution. Front. Psychiatry 9:545.

3.- Blum K, Oscar-Berman M, Giordano J, Downs B, Simpatico T, Han D, et al. Neurogenetic impairments of brain reward circuitry links to Reward Deficiency Syndrome (RDS): potential nutrigenomic induced dopaminergic activation. J Genet Syndr Gene Ther. 2012. 3:1000e115.

doi: 10.4172/2157-7412.1000e115

4.- Blum K, Sheridan PJ,Wood RC, Braverman ER, Chen TJ, Cull JG, et al. The D2 dopamine receptor gene as a determinant of reward deficiency syndrome. J R Soc Med. 1996. 89:396–400.

5.- Lustig R, Schmidt L, Brindis C. The toxic truth about sugar. 2012. Nature. Vol 482. Pag 27-29

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