Alimentación sostenible

Hablar de una alimentación sostenible es complicado pues hay controversia sobre cómo calcular el impacto ambiental. Aun así una alimentación sostenible pasaría por un cambio en la agricultura. La FAO (1) defiende la agricultura de vegetales al aire libre afirmando que son más resistentes, necesitan menos embalaje, fertilizantes y pesticidas. También invita a evitar el monocultivo y a consumir productos locales y estacionales, al ser menos contaminantes y más nutritivos.

En España, solamente el 7% del territorio agrícola se dedica a la agricultura ecológica, aunque la mayor parte de esta producción es exportada a otros países europeos. Este tipo de agricultura se perfila como una alternativa capaz de evitar el uso de tóxicos ambientales a gran escala, y ser más eficiente en la captura de carbono al aumentar los contenidos de materia orgánica en el suelo, pero tiene un mayor coste económico al lograr un rendimiento menor y por ende necesitar más terreno.

El propio panel Food Climate Research Network (2) concluye que una alimentación sostenible pasa por una disminución del consumo de productos animales de explotación intensiva, lo que liberaría el terreno utilizado para el cultivo de su alimento, facilitaría la implementación de la agricultura ecológica a gran escala y la producción ecológica de carne.

A finales de 2017 se publicaron las conclusiones de ‘The SUSDIET Research Project’ (3), un proyecto europeo interdisciplinar que tenía como objetivo investigar la forma más efectiva de inducir un cambio en el consumidor hacia una cesta de la compra sostenible y saludable.

Una vez comprobado que la elección del alimento está condicionada por las creencias personales y por factores sociales y psicológicos, y que a día de hoy la sostenibilidad no es para el europeo un atributo prioritario (con pocos países como excepción), la conclusión fue que habría que implementar una serie de medidas, tales como la utilización de un etiquetado que especifique la aportación de cada alimento a los gases de efecto invernadero, y una política fiscal que grave los productos con mayor impacto y beneficie a aquellos con menor impacto, todo acompañado por campañas de información.

Aunque veamos que desde hace décadas las entidades gubernamentales y no gubernamentales de prestigio realizan estudios y publicaciones sobre todos estos aspectos, la clase política con poder fáctico y legislativo no toma cartas en el asunto (como sucede con los tóxicos).

Por ejemplo, según la FAO (1) de los poco más de 200 países que existen en el  mundo, 83 publican unas guías nutricionales para la población,  y solo 4 consideran el aspecto medioambiental (Suecia, Qatar, Brasil y Alemania, quien comparte sus guías con Austria y Suiza). En Francia, en cambio, el discurso se centra sobre la cesta de la compra, mientras que EEUU, Reino Unido y Holanda reconocen la validez de la dieta vegetariana, entre otros pocos ejemplos.

Nuevamente el cambio podría iniciarse en el consumidor.

Fuentes consultadas:

1.- FAO / Food Climate Research Network. Plates, pyramids, planet [Internet]. Roma: FAO/University of Oxford. 2016. Consultado el 20 de enero 2017. Disponible en: http://www.fao.org/3/a-i5640e.pdf

2.-  Garnet T. What is a sustainable healthy diet? [Internet]. Reino Unido: Food Climate Research Network, 2014. [Consultado 18 enero 2017]. Disponible en: http://www.fcrn.org.uk/sites/default/files/fcrn_what_is_a_sustainable_healthy_diet_fi nal.pdf

3.- INRA Science & Impact. The SUSDIET Research Project. Francia. 2017. Disponible en: https://www6.inra.fr/sustainablediets