Nuestros genes

Todos somos conscientes de que hay una reacción individual ante los alimentos, medicamentos, bebidas, etc., y que dicha reacción puede modificarse a lo largo de la vida.

Detrás de cada reacción hay un componente genético, pero entonces ¿cómo es que varía a lo largo de la vida si los genes no cambian? Antes de contestar aclaremos unos conceptos.

¿Qué son los genes?

Dentro cada célula hay un núcleo en el que se encuentra la doble hélice del ADN, organizada en los famosos cromosomas. Un gen es un segmento de dicho ADN y contiene la información capaz de ser traducida a un producto funcional (por ejemplo, una hormona). Para cada gen se dispone de doble información: una de la madre y otra del padre, pero solo una de ellas es traducida y expresada. De aquí el primer concepto importante: una cosa es el contenido del material genético y otra es qué parte de este acaba expresándose, dependiendo de si es dominante o no.

Hasta aquí la explicación clásica y simplista, pues la cuestión es bastante más complicada. Para empezar, solo una parte minoritaria de los genes es traducida a un producto funcional (como la síntesis de colágeno, por ejemplo), mientras que la mayoría del material no es traducido y su función todavía tiene que ser definida con claridad. Las secciones que se traducen se llaman exones y las que no se expresan se denominan intrones.

¿Cómo se modula la información genética?

Intervienen diferentes factores:

1.- A los genes se les pueden adherir moléculas pequeñísimas (como metilos, acetilos) las cuales son capaces de silenciar o activar genes. Estas pequeñas moléculas pueden originarse en el propio cuerpo o venir de los alimentos.

2.- La doble hélice del ADN se enrolla alrededor de una columna central de proteínas, llamadas histonas. Estas confieren estructura a la doble hélice e influyen en la expresión de los genes. A estas también se pueden adherir las mismas pequeñas moléculas (metilos y acetilos), y condicionar su normal funcionamiento, silenciando o no la información genética.

3.- Para que se sintetice el producto final, la información pasa del ADN a los diferentes tipos de ARN. Pues bien: se sabe que hay microARNs (ARN cortísimos), con función reguladora de estos procesos de traducción, y que parte de estos microARNs pueden venir de los alimentos. De hecho se piensa que parte de los beneficios de los vegetales pueda estar en la acción reguladora de sus microARNs, los cuales siguen activos dentro del organismo pesar de no ser nuestros. Realmente fascinante.

La influencia de tantos factores sobre miles de genes que, a su vez, se influyen entre sí, genera una información enorme y compleja. Todo ello contribuye a la variabilidad individual. Por eso, a veces, las sustancias producen un determinado efecto cuando son estudiadas in vitro, pero no lo hacen cuando actúan en un organismo vivo, puesto que este está sometido a la influencia de otros factores como los que acabamos de ver o la propia regulación hormonal. Actualmente la genética es estudiada por equipos multidisciplinares y analizada por potentes ordenadores, siendo una persona sola incapaz de asimilar tanta información (1).

Las enfermedades crónico-degenerativas son ‘poli-génicas’, es decir, derivan por el funcionamiento anómalo de varios genes (incluso decenas). También son multifactoriales, es decir que se originan por la acción conjunta de una serie de factores (edad, sexo, peso, hábitos alimentarios, etc.), muchos de ellos dependientes de nuestro estilo de vida.

El diseño de dietas personalizadas basadas en la información genética se prospecta como la nutrición del futuro, aunque todavía está en fase de desarrollo. Además, cada vez se añaden más factores genéticos ajenos a nuestros organismo, como los microARNs  o la fauna y flora intestinal llamada microbiota.