La dieta y los genes

Veamos un ejemplo de cómo puede influir la dieta en los genes.

Cuando en la sección anterior hablamos de los genes, se mencionaron unas pequeñas moléculas que pueden adherirse a los mismos, silenciándolos o activándolos. Una de las más conocidas son los metilos. El té verde, por ejemplo, tiene un compuesto que evita que los metilos se unan al ADN y silencien unos genes que nos protegen de los tumores. Por eso se dice que tiene efecto anticancerígeno. Muchos de los vegetales actúan de forma parecida.

La ciencia que estudia de qué manera y en qué medida el estilo de vida influye en el ADN es la epigenética. Lo curioso es que estas reacciones (por ejemplo, la metilación antes vista) son difíciles de darse pues es muy complicado llegar hasta el ADN, pero cuando el estilo de vida persiste en el largo plazo se originan estas adaptaciones, las cuales se transmiten también de abuelos a padres, y de padres a hijos. Por lo tanto, de nuestros ancestros no heredamos solo el material genético, sino también los ajustes ‘epigenéticos’ originados por el estilo de vida que ellos han tenido.

Estas modificaciones son reversibles a largo plazo si se cambia el estilo de vida. De esta manera, se puede atenuar la influencia negativa de unos genes no favorables o, por el contrario, se puede anular el efecto benéfico de una información genética favorable.

Todo ello forma parte de la evolución, pues es lógico que las adaptaciones (por dieta y modo de vida) de un ser vivo se tengan que transmitir a su descendencia, dado que en realidad representan ajustes para sobrevivir mejor (por ejemplo, tener más grasa o mayor facilidad para engordar en un clima frío). Esto es lo que sucedió con el gen de la lactasa, el cual se inactiva a una cierta edad en poblaciones agrícolas y que no beben leche (como las orientales), mientras que sigue funcionando en poblaciones ganaderas que consumen leche (como las occidentales).

De la misma manera, las poblaciones que consumen más hidratos de carbono son capaces de asimilarlos mejor respecto a aquellas poblaciones que no las consumen, como los esquimales o, en su día, los cazadores-recolectores. De ahí que no se pueden comparar las dietas de hace miles de años con las de ahora, pues ha habido muchas adaptaciones epigenéticas (1) entremedio.

Otro ejemplo: para metabolizar los tóxicos o los medicamentos, las células utilizan la información contenida en una familia de genes conocida como citocromo P450. Los diferentes cambios epigenéticos pueden hacer que este sistema funcione mejor en unas personas que en otras, por lo que los tóxicos y los medicamentos no afectan a todos por igual.

Dentro de la epigenética, hay dos ciencias que estudian estos aspectos: la nutrigenómica que investiga cómo lo que se ingiere influye en los genes y la nutrigenética que analiza de qué manera son metabolizados los alimentos a según de la información genética.

Por último añadir que cuando un gen acaba traduciéndose a una molécula determinada, no significa que esta pueda llevar a cabo su acción pues puede estar sometida a regulación hormonal, enzimática o de mediadores, entre otros.

Fuentes consultadas:

1.- Ordovás JM, Berciano S. Nutrigenómica. Interacciones genes-dieta y sus implicaciones en la práctica clínica. En: SEDCA. Avances en alimentación, nutrición y dietética; 2013. Pág. 11-29.

2.- Lorenzo D. Perspectivas presentes y futuras de la Nutrigenómica y la Nutrigenética en la medicina preventiva. En: Nutrición clínica y dietética hospitalaria. 2012; 32 (2): 92-105